El nuevo día anunciaba más calor. Las legañas me impedían abrir los ojos. Me levanté, me dirigí al baño a tientas y me lavé la cara con agua fría. Tenía mucho sueño, me apetecía volver a la cama, pero había hecho una promesa que debía cumplir. La tarde anterior nada mas llegar a casa hablé con mamá de la proposición de los Montaraz de ir a comer con ellos. A mamá no le gusto que fuera tan repentino, pero después de muchos “porfas” lo conseguí. Me puse unos jeans piratas ajustados, unas sandalias blancas y una camiseta de tirantes naranja. No iba muy “elegante” que digamos, pero seguro que me mirarían con buenos ojos, o eso esperaba... Cuando llegó la hora de irme me despedí de mamá, cogí la bicicleta de la terraza y me fui hacía la granja. Normalmente me gustaba escuchar música, pero esta vez no podía, estaba muy nerviosa. Esta comida no iba a ser solo con Eduardo y su madre, si no con toda la familia…incluido Mario. Mario era el hermano mayor, tenía 19 años y entre las chicas del instituto habían surgido un montón de cotilleos sobre él: solo se le veía cuando subía con su madre a hacer negocios con sus productos. Yo nunca le había visto pero decían que era muy guapo, dentro de poco rato lo comprobaría. Estaba tan sumida en mis pensamientos sobre cómo sería el tal Mario que sin darme cuenta ya estaba en la granja de la familia Montaraz. Dejé la bicicleta apoyada en la valla y me dirigí hacia la casa cuando escuché mi nombre.
- ¡Carol! ¡Espera! - Eduardo corría hacia mi cargado con un rastrillo que era dos veces más grande que él.
- Hola - le saludé cuando llegó – tranquilo, respira anda y deja que coja esto – cogí el rastrillo y él me señalo el granero. Lo dejé allí y volví al sitio donde Eduardo se había tumbado a descansar.
- Hola Carol, vaya carrerita me he echado… Es que te he visto a lo lejos con la bicicleta y he salido corriendo detrás de ti, me va a caer una bronca que no veas… - en ese mismo instante una mujer vestida con un mono de trabajo apareció por el mismo camino del que había aparecido Eduardo.
- ¡Pero serás irresponsable!¡A la próxima que vuelvas a hacer eso te quedas sin salir una semana! – llegó hasta nosotros y le dio un capón - ¡Entra ahora mismo a casa, lávate y ayuda a Lidia!
- Mamá ya no soy un niño pequeño, me avergüenzas… - se levantó y se fue rojo como un tomate a la casa. Yo no sabía como reaccionar, la madre se veía que tenía carácter.
- Discúlpame por este episodio familiar, no suele ocurrir mucho. Me llamo Diana, encantada.
- Lo mismo digo –dije dándole dos besos – yo soy Carolina.
- Lo sé, ayer Edu nos contó como os conocisteis, espero que mis otros hijos te caigan tan bien como él – me guiño un ojo y se volvió a hacer la coleta – La mesa estará lista en unos momentos, la puerta de entrada es esa – dijo señalando una puerta contigua a la que había atravesado minutos antes Eduardo – pasa y preséntate, me imagino que te estarán esperando.
Mire la puerta, le dedique una sonrisa a Diana y entré a la casa. Nada más entrar un olor a pino me inundó de recuerdos, cuando yo era pequeña mi padre siempre me llevaba a una casa en una montaña que olía igual que aquella casa, esto se acabó cuando un día mi padre se fue y no volvió…
Cuando volví de las nubes me percaté de que me encontraba en el salón de la casa, estaba decorado con motivos campestres que invitaban a tumbarte en sofá y observarlos durante horas. Estaba mirando un cuadro de un bodegón cuando Lidia apareció detrás mío.
- ¿Quién eres? – me preguntó mientras dejaba los platos sobre la mesa.
- Me llamo Carolina, encantada de conocerte
- Tst! Así que tu eres la amiguita rara que conoció ayer el estúpido de Edu.
- ¿Perdón? – mi cara cambió de expresión y me puse en una posición defensiva, estaba preparada para un recibimiento extraño pero no para esta falta de respeto - ¿Y tú quién eres?
- Yo soy Lidia, no te acerques mucho a mi, suelo necesitar mi espacio – y sin más se marchó de la habitación. ¡¿Pero quién se creía que era?! Estaba aún recuperándome de este golpe cuando una sombra apareció por la puerta, era Mario.
- Em… Hola, soy Carolina. ¿Me podrías decir dónde está el aseo?
- Al final del pasillo. Yo soy Mario – dijo secamente mientras dejaba lo que traía y se marchaba.
Salí del salón y me encerré en el baño. Mario era realmente guapo, pero demasiado seco, eso le hacía perder todo el encanto de su físico. No sé por qué me dio a mi la sensación de que aquella comida iba a resultar interesante.
Estábamos todos sentados a la mesa, Eduardo estaba emocionado y no paraba de contarme las cosas que hacía allí, su madre me sonreía cada vez que nuestras miradas se cruzaban, Lidia me observaba todo el rato sin decir nada y Mario comía sin prestar atención a lo que ocurría.
- Bueno y ¿tú tienes…novio? –preguntó Mario. La pregunta me pilló por sorpresa y me atraganté con la sopa, Lidia se reía a carcajadas y Mario dejó la cuchara para escuchar mi respuesta.
- No tienes por qué responder si no quieres, eso es privado – repuso Diana dándole una colleja a Edu.
- No se preocupe, es normal que se hagan este tipo de preguntas y más aún ahora que nos estamos conociendo. No tengo novio, nadie ha sabido llegar a mi corazón de esa forma – respondí limpiándome los labios con la servilleta - ¿y tú?
- ¿Yo? – puso cara de sorpresa y comenzó a titubear – Em… pues yo…n-no…
- ¡Pero como va a tener novia el palurdo este con lo raro que es! – gritó Lidia mientras no paraba de reírse.
- Lidia, cállate y muestra respeto, tenemos invitada. Si no sabes estar en la mesa vete a tu cuarto – Mario se levantó de la mesa y miró a su hermana con cara desafiante. Lidia paró de reírse y le devolvió la mirada. Después de unos 20 segundos llenos de tensión ella se subió a su cuarto y se encerró con un portazo en su habitación. Mario cogió su plato y se fue a la cocina. Yo no sabía que hacer, no tenía hermanos y nunca había vivido una situación como aquella por lo que me quedé en sock.
- Carolina lo siento mucho, a veces pasa esto en las familias, ya sabes. Espero que quieras volver otro día después de esto – me dijo Diana con una mirada de soslayo. Yo la miré a los ojos suspiré y la sonreí.
- Volveré encantada, estas cosas pasan entre hermanos y mi visita ha sido muy precipitada, cuando nos conozcamos más no creo que pase lo mismo.
Nos levantamos las dos, cuando escuchamos los sollozos de Edu que aún seguía sentado. Esta comida se complicaba cada vez más y yo notaba como la paciencia de Diana se iba agotando por momentos. Ella se dirigía a reprochar a su hijo cuando le hice un gesto con la mano para que parara, me miró extrañada y le susurré que me dejara hablar con Edu. Me dirigí a Edu y me agaché junto a él, las lagrimas le corrían por las mejillas; cogí una servilleta y se las sequé con cuidado.
- Carol… lo siento, pensaba que esto iba a salir mejor….es todo mi culpa.
- No, no es tu culpa. Ven a dar un paseo conmigo y así te calmas un rato ¿vale?
Se levantó y salimos afuera, el sol iluminaba con fuerza. Caminamos un rato bajo la sombra de los árboles en silencio cuando Edu se paro en seco y me dijo:
- Mis hermanos no suelen ser así, pensaba que les ibas a caer bien, Lo siento mucho, habrás pasado una mal rato.
- No te disculpes más, que tan poco ha sido para tanto.
- No hace falta que mientas, tu cara lo decía todo – explicó mirándome a la cara, tenía los ojos rojos de llorar. Yo no me había dado cuenta hasta ahora, había estado llorando todo el rato en silencio.
- Eh... bueno no me malinterpretes, pero yo soy hija única y nunca había vivido esta situación; pero es algo completamente normal. Yo con mi mamá también discuto a veces.
Nos apartamos a un lado del camino y nos sentamos a observar el campo, las mariposas volaban a nuestro alrededor y Edu las miraba entusiasmado. Una de ellas se poso sobre mi pierna y él la recogió con cuidado, la miró durante unos segundos y la volvió a dejar libre; después dirigió su mirada al horizonte y se quedó así, inmóvil, como si fuera una estatua de mármol. Yo le lanzaba miradas de reojo cuando en una de aquellas miradas em di cuenta, era igual que Mario. Tenía el mismo rostro pero más aniñado, cuando creciera sería un apuesto muchacho. Nos quedamos así hasta que oímos a lo lejos unos cascos de caballo que se dirigían hacia nosotros. Intenté averiguar quien era, pero mi miopía me lo impedía aun llevando las lentillas puestas. Cuando llegó se bajó del caballo y se puso enfrente mío de espaldas al sol, con lo que hasta que no escuche su voz seguí sin reconocerlo.
- Edu… ¿estas bien?
- Déjame en paz.
Yo no sabía que hacer, era Mario y me había quedado paralizada, me limité a ver la escena de hermanos. No quería otra pelea por mi culpa.
- Venga hermanito no seas así, solo me estoy preocupando por ti – Edu se apartaba de él y se acercaba cada vez más a mi.
- Edu, escúchame – le cogí la cara y se la levanté para que me mirara a los ojos – creo que tu hermano esta intentando ayudarte, aprovecha que tienes un hermano mayor que te cuida y quiere ¿vale?
Edu me miró extrañado, pero yo le sonreí para darle confianza. Yo nunca había tenido hermanos y me hubiera encantado tener uno que me ayudara, además aunque Mario no se había mostrado muy afectivo conmigo se le notaba que quería un montón a su hermano. Nos levantamos, di un abrazo a Edu, cogí la bicicleta que se encontraba apoyada en uno de los árboles y me despedí de ellos. Cuando me encontraba ya a cierta distancia vi como los dos hermanos se daban un abrazo y se marchaban de vuelta a la casa sobre el caballo. Por lo menos no había terminado todo tan mal.