jueves, 26 de julio de 2012

Capitulo 4

El nuevo día anunciaba más calor. Las legañas me impedían abrir los ojos. Me levanté, me dirigí al baño a tientas y me lavé la cara con agua fría. Tenía mucho sueño, me apetecía volver a la cama, pero había hecho una promesa que debía cumplir. La tarde anterior nada mas llegar a casa hablé con mamá de la proposición de los Montaraz de ir a comer con ellos. A mamá no le gusto que fuera tan repentino,  pero después de muchos “porfas” lo conseguí. Me puse unos jeans piratas ajustados,  unas sandalias blancas y una camiseta de tirantes naranja. No iba muy “elegante” que digamos, pero seguro que me mirarían con buenos ojos, o eso esperaba... Cuando llegó la hora de irme me despedí de mamá, cogí la bicicleta de la terraza y me fui hacía la granja. Normalmente me gustaba escuchar música, pero esta vez no podía, estaba muy nerviosa. Esta comida no iba a ser solo con Eduardo y su madre, si no con toda la familia…incluido Mario. Mario era el hermano mayor, tenía 19 años y entre las chicas del instituto habían surgido un montón de cotilleos sobre él: solo se le veía cuando subía con su madre a hacer negocios con sus productos. Yo nunca le había visto pero decían que era muy guapo, dentro de poco rato lo comprobaría. Estaba tan sumida en mis pensamientos sobre cómo sería el tal Mario que sin darme cuenta ya estaba en la granja de la familia Montaraz. Dejé la bicicleta apoyada en la valla y me dirigí hacia la casa cuando escuché mi nombre.
-     ¡Carol! ¡Espera! - Eduardo corría hacia mi cargado con un rastrillo que era dos veces más grande que él.
-     Hola - le saludé cuando llegó – tranquilo, respira anda y deja que coja esto – cogí el rastrillo y él me señalo el granero. Lo dejé allí y volví al sitio donde Eduardo se había tumbado a descansar.
-     Hola Carol, vaya carrerita me he echado… Es que te he visto a lo lejos con la bicicleta y he salido corriendo detrás de ti, me va a caer una bronca que no veas… - en ese mismo instante una mujer vestida con un mono de trabajo apareció por el mismo camino del que había aparecido Eduardo.
-     ¡Pero serás irresponsable!¡A la próxima que vuelvas a hacer eso te quedas sin salir una semana! – llegó hasta nosotros y le dio un capón - ¡Entra ahora mismo a casa, lávate y ayuda a Lidia!
-     Mamá ya no soy un niño pequeño, me avergüenzas… - se levantó y se fue rojo como un tomate a la casa. Yo no sabía como reaccionar, la madre se veía que tenía carácter.
-     Discúlpame por este episodio familiar, no suele ocurrir mucho. Me llamo Diana, encantada.
-     Lo mismo digo –dije dándole dos besos – yo soy Carolina.
-     Lo sé, ayer Edu nos contó como os conocisteis, espero que mis otros hijos te caigan tan bien como él – me guiño un ojo y se volvió a hacer la coleta – La mesa estará lista en unos momentos, la puerta de entrada es esa – dijo señalando una puerta contigua a la que había atravesado minutos antes Eduardo – pasa y preséntate, me imagino que te estarán esperando.
Mire la puerta, le dedique una sonrisa a Diana y entré a la casa. Nada más entrar un olor a pino me inundó de recuerdos, cuando yo era pequeña mi padre siempre me llevaba a una casa en una montaña que olía igual que aquella casa, esto se acabó cuando un día mi padre se fue y no volvió…
Cuando volví de las nubes me percaté de que me encontraba en el salón de la casa, estaba decorado con motivos campestres que invitaban a tumbarte en sofá y observarlos durante horas. Estaba mirando un cuadro de un bodegón cuando Lidia apareció detrás mío.
-     ¿Quién eres? – me preguntó mientras dejaba los platos sobre la mesa.
-     Me llamo Carolina, encantada de conocerte
-     Tst! Así que tu eres la amiguita rara que conoció ayer el estúpido de Edu.
-     ¿Perdón? – mi cara cambió de expresión y me puse en una posición defensiva, estaba preparada para un recibimiento extraño pero no para esta falta de respeto - ¿Y tú quién eres?
-     Yo soy Lidia, no te acerques mucho a mi, suelo necesitar mi espacio – y sin más se marchó de la habitación. ¡¿Pero quién se creía que era?! Estaba aún recuperándome de este golpe cuando una sombra apareció por la puerta, era Mario.
-     Em… Hola, soy Carolina. ¿Me podrías decir dónde está el aseo?
-     Al final del pasillo. Yo soy Mario – dijo secamente mientras dejaba lo que traía y se marchaba.
Salí del salón y me encerré en el baño. Mario era realmente guapo, pero demasiado seco, eso le hacía perder todo el encanto de su físico. No sé por qué me dio a mi la sensación de que aquella comida iba a resultar interesante.
Estábamos todos sentados a la mesa, Eduardo estaba emocionado y no paraba de contarme las cosas que hacía allí, su madre me sonreía cada vez que nuestras miradas se cruzaban, Lidia me observaba todo el rato sin decir nada y Mario comía sin prestar atención a lo que ocurría.
-     Bueno y ¿tú tienes…novio? –preguntó Mario. La pregunta me pilló por sorpresa y me atraganté con la sopa, Lidia se reía a carcajadas y Mario dejó la cuchara para escuchar mi respuesta.
-     No tienes por qué responder si no quieres, eso es privado – repuso Diana dándole una colleja a Edu.
-     No se preocupe, es normal que se hagan este tipo de preguntas y más aún ahora que nos estamos conociendo. No tengo novio, nadie ha sabido llegar a mi corazón de esa forma – respondí limpiándome los labios con la servilleta - ¿y tú?
-     ¿Yo? – puso cara de sorpresa y comenzó a titubear – Em… pues yo…n-no…
-     ¡Pero como va a tener novia el palurdo este con lo raro que es! – gritó Lidia mientras no paraba de reírse.
-     Lidia, cállate y muestra respeto, tenemos invitada. Si no sabes estar en la mesa vete a tu cuarto – Mario se levantó de la mesa y miró a su hermana con cara desafiante. Lidia paró de reírse y le devolvió la mirada. Después de unos 20 segundos llenos de tensión ella se subió a su cuarto y se encerró con un portazo en su habitación. Mario cogió su plato y se fue a la cocina. Yo no sabía que hacer, no tenía hermanos y nunca había vivido una situación como aquella por lo que me quedé en sock.
-     Carolina lo siento mucho, a veces pasa esto en las familias, ya sabes. Espero que quieras volver otro día después de esto – me dijo Diana con una mirada de soslayo. Yo la miré a los ojos suspiré y la sonreí.
-     Volveré encantada, estas cosas pasan entre hermanos y mi visita ha sido muy precipitada, cuando nos conozcamos más no creo que pase lo mismo.
Nos levantamos las dos, cuando escuchamos los sollozos de Edu que aún seguía sentado. Esta comida se complicaba cada vez más y yo notaba como la paciencia de Diana se iba agotando por momentos. Ella se dirigía a reprochar a su hijo cuando le hice un gesto con la mano para que parara, me miró extrañada y le susurré que me dejara hablar con Edu. Me dirigí a Edu y me agaché junto a él, las lagrimas le corrían por las mejillas; cogí una servilleta y se las sequé con cuidado.
-     Carol… lo siento, pensaba que esto iba a salir mejor….es todo mi culpa.
-     No, no es tu culpa. Ven a dar un paseo conmigo y así te calmas un rato ¿vale?
Se levantó y salimos afuera, el sol iluminaba con fuerza. Caminamos un rato bajo la sombra de los árboles en silencio cuando Edu se paro en seco y me dijo:
-     Mis hermanos no suelen ser así, pensaba que les ibas a caer bien, Lo siento mucho, habrás pasado una mal rato.
-     No te disculpes más, que tan poco ha sido para tanto.
-     No hace falta que mientas, tu cara lo decía todo – explicó mirándome a la cara, tenía los ojos rojos de llorar. Yo no me había dado cuenta hasta ahora, había estado llorando todo el rato en silencio.
-     Eh... bueno no me malinterpretes, pero yo soy hija única y nunca había vivido esta situación; pero es algo completamente normal. Yo con mi mamá también discuto a veces.
Nos apartamos a un lado del camino y nos sentamos a observar el campo, las mariposas volaban a nuestro alrededor y Edu las miraba entusiasmado. Una de ellas se poso sobre mi pierna y él la recogió con cuidado, la miró durante unos segundos y la volvió a dejar libre; después dirigió su mirada al horizonte y se quedó así, inmóvil, como si fuera una estatua de mármol. Yo le lanzaba miradas de reojo cuando en una de aquellas miradas em di cuenta, era igual que Mario. Tenía el mismo rostro pero más aniñado, cuando creciera sería un apuesto muchacho. Nos quedamos así hasta que oímos a lo lejos unos cascos de caballo que se dirigían hacia nosotros. Intenté averiguar quien era, pero mi miopía me lo impedía aun llevando las lentillas puestas. Cuando llegó se bajó del caballo y se puso enfrente mío de espaldas al sol, con lo que hasta que no escuche su voz seguí sin reconocerlo.
-     Edu… ¿estas bien?
-     Déjame en paz.
Yo no sabía que hacer, era Mario y me había quedado paralizada, me limité a ver la escena de hermanos. No quería otra pelea por mi culpa.
-     Venga hermanito no seas así, solo me estoy preocupando por ti – Edu se apartaba de él y se acercaba cada vez más a mi.
-     Edu, escúchame – le cogí la cara y se la levanté para que me mirara a los ojos – creo que tu hermano esta intentando ayudarte, aprovecha que tienes un hermano mayor que te cuida y quiere ¿vale?
Edu me miró extrañado, pero yo le sonreí para darle confianza. Yo nunca había tenido hermanos y me hubiera encantado tener uno que me ayudara, además aunque Mario no se había mostrado muy afectivo conmigo se le notaba que quería un montón a su hermano. Nos levantamos, di un abrazo a Edu, cogí la bicicleta que se encontraba apoyada en uno de los árboles y me despedí de ellos. Cuando me encontraba ya a cierta distancia vi como los dos hermanos se daban un abrazo y se marchaban de vuelta a la casa sobre el caballo. Por lo menos no había terminado todo tan mal.

lunes, 11 de junio de 2012

Capitulo 3

Aún era de noche. La luna iluminaba las copas de los árboles que se encontraban a mis pies. Era un bonito paisaje,  pero en ese momento no me podía fijar en él. Estaba muy nervioso, el mensaje tardaba en llegar. Desde hacía un cuarto de hora mantenía una conversación con  mi novia mediante mensajes de móvil. Un sonido imitando al timbre de una puerta anunciaba el tan esperado mensaje. Cogí corriendo el teléfono y abrí el mensaje, terminé de leerlo pero lo tuve que volver a hacer, decía así: Mario, lo siento, pero no puedo seguir así. Estamos muy lejos el uno del otro, al final la distancia ha vencido...ya no te quiero. No quiero que sigamos juntos, hasta siempre.
Lo terminé de leer y miré hacia el horizonte. Una lágrima resbaló sobre mi mejilla, pero rápidamente me la sequé. No era bueno llorar por un amor tan falso. Desde ese momento me prometí dos cosas, la primera fue no volver a llorar por amor y la segunda...no volver a enamorarme. No sería muy difícil, solo tendría que ignorar a todas las chicas a las que se les notaran las intenciones desde lejos. Dentro de unos minutos amanecería, tenía que regresar. Me levanté, miré de nuevo el móvil y lo apagué, era la mejor forma de reprimir mis deseos de llamarla para que me diera una nueva oportunidad. Después de diez minutos estaba entrando por la puerta del establo cuando escuché a alguien dentro de la cuadra de Veloz, era Eduardo. Mi hermano siempre estaba en el campo mirando flores o animales; para su edad era una actividad rara, debería estar jugando con un balón. Pero me daba igual, así era genial y muy maduro, aunque aun así todavía era un niño. Me acerqué a la cuadra y hablé con él, pero como siempre me respondió secamente. Un nuevo día había comenzado, tenía que olvidar el pasado. Me dirigí a la habitación de Lidia, mi hermana. Llamé a la puerta y tras esperar una respuesta no obtenida entré. Allí estaba ella, tirada en la cama dormida profundamente, tenía una capacidad impresionante para dormir, una vez que se dormía era muy difícil despertarla. Abrí las contraventanas y dejé entrar la luz. Nada, ni con la luz se despertaba. Me senté a su lado y la agité suavemente por los hombros.
-       Lidia, vamos a desayunar.
-       Un ratito más...
-       No, hoy toca ayudar a mamá con la recogida de los tomates.
-       Que te ayude Eduardo, yo necesito dormir...
-       Como quieras, pero te quedas sin venir mañana al cine.
Estaba saliendo por la puerta cuando por el rabillo del ojo vi como se levantaba, yo siempre que decía que se parecía a un perro: solo hacía las cosas si tenían una recompensa. Aunque la verdad es que no hace mucho, tan solo tres años atrás, la edad rebelde hacía acto de presencia también en mi. Bajé las escaleras, desayuné un par de tostadas y me marche al huerto; mamá ya estaba allí. Desde que papá murió trabajaba en los campos hasta el atardecer. La granja junto con mi familia se mantenía gracias a los productos que vendíamos a los comerciantes del pueblo.
Llegó la noche y Eduardo nos contó lo que había hecho durante el día. Había conocido a una chica del pueblo y quería invitarla a comer. A mamá no le pareció una mala idea y le dio permiso. ¿Quién sería aquella chica? Tampoco me iba a preocupar mucho, mañana la conocería, seguro que era una niña de la edad de Eduardo.

viernes, 8 de junio de 2012

capitulo 2

Aquella mañana me levanté con ganas de pasar un buen rato, y la mejor manera era salir de paseo con Veloz, mi caballo. Bajé a la cocina, cogí una manzana del cesto y me dirigí hacia el establo. Estaba poniendo la silla a Veloz cuando mi hermano me sobresaltó:

-       Buenos días, Eduardo. ¿A dónde vas tan temprano? Aun no ha salido el sol.
-       Voy a dar una vuelta, pero tranquilo que estaré de vuelta para hacer mis tareas, si es eso lo que te preocupa.
-       No te hagas el adulto y ten cuidado, solo te lo preguntaba para que mamá no se preocupe. Yo voy a levantar a Lidia. Hasta luego.
Me subí al caballo y salí del establo sin despedirme de Mario. Mario era mi hermano mayor, y siempre me estaba controlando. Era como si no se diera cuenta de que ya no era un niño; todos los de mi familia decían que había madurado antes que Mario cuando tenía mi edad. Las preocupaciones de Mario eran jugar al fútbol como nadie y tener la mayor colección de cromos del mundo, a mi en cambio me preocupaba más el estado económico de la granja y sobre todo la naturaleza. Me encantaba la naturaleza, era una suerte estar rodeado de bosque. Siempre que podía me escapaba un rato para observar a los pájaros o para recoger flores y trasplantarlas en mis macetas. Era muy raro, pero me gustaba ser así.
Iba a ser un día caluroso, así que decidí irme por la senda del lago para poder refrescarme cuando tuviera calor. Estaba llegando al lago cuando a lo lejos divisé una figura andando por la orilla del lago, era una chica; me acerqué un poco más y comprobé que era una chica más mayor que yo y....que era guapísima. Su cabello castaño estaba recogido en una coleta que le caía sobre la espalda, los ojos grandes, no era muy alta pero tenía un cuerpo muy bonito, casi tanto como el de Lidia, mi hermana. Me decidí a presentarme pero no calculé bien la distancia con el caballo y Veloz le comenzó a olisquear el pelo. De repente ella se giró y se asustó mucho, o eso dio a entender su grito y su caída de culo a la arena. Fue una situación tan estúpida que no podía parar de reírme. Le pedí disculpas pero ella estaba furiosa y se metió conmigo, pero las palabras carecían de sentido para mi. Solo era capaz de observar esos bonitos labios rosados y....esos ojos azul-verdoso, grandes y expresivos. Fueron 20 minutos de la mejor conversación de mi vida.
Las horas se convirtieron en minutos, y así calló la tarde. A la hora de la cena me decidí a pedirle a mi madre permiso para que al día  siguiente Carol viniera a comer a casa. Me dirigí a mi madre y le dije:
-       Hola mamá, ¿qué tal has tenido el día hoy? - mi madre me miró con cara de susto - ¿qué pasa, no me puedo preocupar por ti?
-       Si hijo, pero me extraña. Tanto tú como tus hermanos cuando hacéis esto es por que algo queréis.
-       ¡Qué va mamá! Bueno....vale si. Te quería pedir permiso para que mañana se venga una chica del pueblo que he conocido a comer aquí. Así conoce a la familia y nos ayuda con la incorporación al instituto – le expliqué con una sonrisa.
-       Bueno, no me parece mala idea, pero ¿dónde la has conocido?
-       Hoy estaba dando un paseo y ella estaba en el lago. Nos hemos conocido y le he ofrecido el plan, ella también iba a pedir permiso...Creo tiene la edad de Lidia y se llama Carolina. 

domingo, 27 de mayo de 2012

Capítulo 1



< Mis ojos debían de engañarme, al final de aquel largo camino se encontraba ella, tan hermosa y resplandeciente como siempre. Sus torres resaltaban con la luz anaranjada del atardecer. Era mi ciudad, donde yo había nacido, donde mis primeros pasos fueron vigilados con cautela para que no me llevaran por el mal camino, y donde se quedó grabada toda mi infancia. Llevaba tanto tiempo deseando volver pero nunca conseguía dar con ella de nuevo. Sujeté con fuerza la mochila y salí corriendo hacia ella cuando una enorme grieta se abrió bajo mis pies.>

  • ¡NO! – sudaba, las gotas transparentes corrían por mi frente. Todo había sido un sueño, un extraño sueño que se repetía desde hacía un tiempo. Las sábanas estaban tiradas por el suelo, aunque eso era muy normal a estas alturas del año; estábamos en pleno agosto con 30 grados nocturnos. Me incorporé sobre el colchón, miré la hora, las 5 de la mañana. No iba a conseguir dormirme de nuevo a si que cogí unos pantalones cortos y una camiseta de tirantes, me cambié, dejé una nota en la nevera anunciando mi marcha y salí a correr un rato. Llevaba una hora corriendo y el calor junto con la humedad provocada por el lago hacían del ejercicio una misión imposible. Levanté la vista y a lo lejos divisé el comienzo del lago.
  • Lo...he...conseguido...  las palabras no me salían, estaba exhausta. Había corrido 7 km para llegar hasta allí, pero lo que dudaba era si iba a conseguir volver. Me tumbé junto al agua sobre una roca, el sol comenzaba a asomar tras las montañas. Era un bello espectáculo. Me mojé la cabeza y cerré los ojos disfrutando esos primeros rayos de la mañana sobre mi cara. Que sensación tan reconfortante; en ese mismo instante decidí que la mañana la pasaría allí, fue una suerte que llevara puesto el bañador. Bajé de la roca y me dispuse a caminar por la orilla para encontrar un sitio en el que dejar la ropa cuando un sonido me alertó. Me quité los cascos del MP4 para escuchar mejor, de nuevo el sonido de antes solo que ahora lo escuchaba con más claridad, parecían pasos. Me giré para ver si era un caballo, cosa muy posible pues allí cerca había una granja, cuando me encontré de frente con dos agujeros negros.
  • ¡AHH!  caí al suelo de culo, desde esa posición pude comprobar que los agujeros se trataban de los orificios nasales de un bello caballo blanco.
  • Jajajá. ¿Te he asustado mucho? Jajajá.  encima del caballo se encontraba un bulto no muy grande que se reía a grandes carcajadas, era uno de los hijos de la familia Montaraz, los dueños de la granja cercana al lago.
  • Sí, muy gracioso – dije sacudiéndome el pantalón  ¿eres el hijo menor de los Montaraz?
  • Por supuesto, pero tengo nombre ¿sabías? Me llamo Eduardo Montaraz, tengo diez años y vivo en la granja de ahí – aclaró mientras señalaba hacia atrás  y tú eres....espera no me lo digas, la patosa que se asusta de los caballos. Jajajá.
  • Mira que gracioso el niñito, anda déjame en paz – me di la vuelta y continué mi búsqueda del mejor lugar, pero mi marcha no iba a ser como esperaba, Eduardo me seguía a caballo.
  • ¿Te has enfadado? Lo siento, no pretendía asustarte tanto.
  • Si estoy enfadada es porque me has faltado al respeto siendo yo más mayor y una desconocida.
  • Jo....lo siento de veras pero es que ha sido muy divertido, ¿me perdonas? Solo quería ser tu amigo – su voz había adoptado un tono dulce y muy infantil, en el fondo era un buen chico.
  • Venga vale, no te preocupes, ya se me a pasado ¿ves?  dije mostrando una sonrisa de oreja a oreja. Vi como sonreía y se bajaba del caballo, se acercó a mi y extendió su mano. Le miré extrañada, era un niño muy mono, su cara morena mostraba una gran sonrisa, y el pelo negro ensortijado en pequeños rizos le daba un toque infantil; pero lo más extraño era su mano extendida hacia mi, quería sentirse adulto. No quería ser mal educada a si que se la estreché con mucho gusto.
  • Al final no me has dicho tu nombre.
  • Me llamo Carolina, pero me puedes llamar Carol
  • Genial, bueno y... ¿qué hacías por aquí? - preguntó mientras se subía de nuevo al caballo – ah, y por cierto, el caballo se llama Veloz.
  • ¡Oh! Pues encantada Veloz – acaricié la crin blanca de Veloz – pues he venido corriendo hasta aquí y pensaba quedarme toda la mañana, darme un baño y después me iré a mi casa a comer.
  • ¿Por qué no te quedas en mi casa a comer?  preguntó Eduardo inocentemente. Claro, aún era un niño  Seguro que a mi mamá no le importa, además así te conocen mis hermanos. No les vendría nada mal tener una amiga en el pueblo, este año nos incorporamos al instituto todos juntos. Antes como estábamos tan lejos y ninguno tenía la edad para conducir venía un profesor particular, pero ahora Mario ha conseguido el permiso para conducir y nos llevará a todos en la furgoneta.
  • Que bien te explicas enano – este niño me estaba comenzando a caer cada vez mejor  pero no quiero ser una molestia, además mi mamá se preocuparía. Te prometo que volveré otro día y os conoceré a todos mejor, ¿vale?
  • Jo.... la cara de Eduardo puso una mueca triste  me lo prometes, ¿no?
  • ¡Por supuesto! Mira, como ahora estamos de vacaciones puedo venir mañana mismo si quieres, pero avisa a tu mamá de que tiene una invitada, no me apetece ser una sorpresa desagradable....
  • ¡BIEN!  gritó mientras hacía que el caballo trotara alegremente a mi alrededor – en cuanto llegue se lo digo y mañana comemos todos juntos. Bueno, adiós y hasta mañana.
Le guiñe un ojo a modo de despedida y él me saco la lengua. En pocos minutos ya había desaparecido de mi vista, me quité la camiseta y los pantalones y por fin me metí al agua. Por lo menos en ese rato en el que yo dialogaba animadamente con el menor de los Montaraz, el sol calentó un poco el agua del lago. Después de media hora salí del agua y me fui a mi casa.