< Mis ojos debían de engañarme, al final de aquel largo camino se encontraba ella, tan hermosa y resplandeciente como siempre. Sus torres resaltaban con la luz anaranjada del atardecer. Era mi ciudad, donde yo había nacido, donde mis primeros pasos fueron vigilados con cautela para que no me llevaran por el mal camino, y donde se quedó grabada toda mi infancia. Llevaba tanto tiempo deseando volver pero nunca conseguía dar con ella de nuevo. Sujeté con fuerza la mochila y salí corriendo hacia ella cuando una enorme grieta se abrió bajo mis pies.>
- ¡NO! – sudaba, las gotas transparentes corrían por mi frente. Todo había sido un sueño, un extraño sueño que se repetía desde hacía un tiempo. Las sábanas estaban tiradas por el suelo, aunque eso era muy normal a estas alturas del año; estábamos en pleno agosto con 30 grados nocturnos. Me incorporé sobre el colchón, miré la hora, las 5 de la mañana. No iba a conseguir dormirme de nuevo a si que cogí unos pantalones cortos y una camiseta de tirantes, me cambié, dejé una nota en la nevera anunciando mi marcha y salí a correr un rato. Llevaba una hora corriendo y el calor junto con la humedad provocada por el lago hacían del ejercicio una misión imposible. Levanté la vista y a lo lejos divisé el comienzo del lago.
- Lo...he...conseguido... – las palabras no me salían, estaba exhausta. Había corrido 7 km para llegar hasta allí, pero lo que dudaba era si iba a conseguir volver. Me tumbé junto al agua sobre una roca, el sol comenzaba a asomar tras las montañas. Era un bello espectáculo. Me mojé la cabeza y cerré los ojos disfrutando esos primeros rayos de la mañana sobre mi cara. Que sensación tan reconfortante; en ese mismo instante decidí que la mañana la pasaría allí, fue una suerte que llevara puesto el bañador. Bajé de la roca y me dispuse a caminar por la orilla para encontrar un sitio en el que dejar la ropa cuando un sonido me alertó. Me quité los cascos del MP4 para escuchar mejor, de nuevo el sonido de antes solo que ahora lo escuchaba con más claridad, parecían pasos. Me giré para ver si era un caballo, cosa muy posible pues allí cerca había una granja, cuando me encontré de frente con dos agujeros negros.
- ¡AHH! – caí al suelo de culo, desde esa posición pude comprobar que los agujeros se trataban de los orificios nasales de un bello caballo blanco.
- Jajajá. ¿Te he asustado mucho? Jajajá. – encima del caballo se encontraba un bulto no muy grande que se reía a grandes carcajadas, era uno de los hijos de la familia Montaraz, los dueños de la granja cercana al lago.
- Sí, muy gracioso – dije sacudiéndome el pantalón – ¿eres el hijo menor de los Montaraz?
- Por supuesto, pero tengo nombre ¿sabías? Me llamo Eduardo Montaraz, tengo diez años y vivo en la granja de ahí – aclaró mientras señalaba hacia atrás – y tú eres....espera no me lo digas, la patosa que se asusta de los caballos. Jajajá.
- Mira que gracioso el niñito, anda déjame en paz – me di la vuelta y continué mi búsqueda del mejor lugar, pero mi marcha no iba a ser como esperaba, Eduardo me seguía a caballo.
- ¿Te has enfadado? Lo siento, no pretendía asustarte tanto.
- Si estoy enfadada es porque me has faltado al respeto siendo yo más mayor y una desconocida.
- Jo....lo siento de veras pero es que ha sido muy divertido, ¿me perdonas? Solo quería ser tu amigo – su voz había adoptado un tono dulce y muy infantil, en el fondo era un buen chico.
- Venga vale, no te preocupes, ya se me a pasado ¿ves? – dije mostrando una sonrisa de oreja a oreja. Vi como sonreía y se bajaba del caballo, se acercó a mi y extendió su mano. Le miré extrañada, era un niño muy mono, su cara morena mostraba una gran sonrisa, y el pelo negro ensortijado en pequeños rizos le daba un toque infantil; pero lo más extraño era su mano extendida hacia mi, quería sentirse adulto. No quería ser mal educada a si que se la estreché con mucho gusto.
- Al final no me has dicho tu nombre.
- Me llamo Carolina, pero me puedes llamar Carol
- Genial, bueno y... ¿qué hacías por aquí? - preguntó mientras se subía de nuevo al caballo – ah, y por cierto, el caballo se llama Veloz.
- ¡Oh! Pues encantada Veloz – acaricié la crin blanca de Veloz – pues he venido corriendo hasta aquí y pensaba quedarme toda la mañana, darme un baño y después me iré a mi casa a comer.
- ¿Por qué no te quedas en mi casa a comer? – preguntó Eduardo inocentemente. Claro, aún era un niño – Seguro que a mi mamá no le importa, además así te conocen mis hermanos. No les vendría nada mal tener una amiga en el pueblo, este año nos incorporamos al instituto todos juntos. Antes como estábamos tan lejos y ninguno tenía la edad para conducir venía un profesor particular, pero ahora Mario ha conseguido el permiso para conducir y nos llevará a todos en la furgoneta.
- Que bien te explicas enano – este niño me estaba comenzando a caer cada vez mejor – pero no quiero ser una molestia, además mi mamá se preocuparía. Te prometo que volveré otro día y os conoceré a todos mejor, ¿vale?
- Jo....– la cara de Eduardo puso una mueca triste – me lo prometes, ¿no?
- ¡Por supuesto! Mira, como ahora estamos de vacaciones puedo venir mañana mismo si quieres, pero avisa a tu mamá de que tiene una invitada, no me apetece ser una sorpresa desagradable....
- ¡BIEN! – gritó mientras hacía que el caballo trotara alegremente a mi alrededor – en cuanto llegue se lo digo y mañana comemos todos juntos. Bueno, adiós y hasta mañana.
Le guiñe un ojo a modo de despedida y él me saco la lengua. En pocos minutos ya había desaparecido de mi vista, me quité la camiseta y los pantalones y por fin me metí al agua. Por lo menos en ese rato en el que yo dialogaba animadamente con el menor de los Montaraz, el sol calentó un poco el agua del lago. Después de media hora salí del agua y me fui a mi casa.
Me encanta ^^
ResponderEliminarTe amo!!!!!!
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